La biblioteca (los libros que están en ella) - Luis Oliva
Esta es una nota en referencia a la idea sobre los libros de mi biblioteca que he comentado con algunas personas en mi trabajo cotidiano.
En un mundo que a menudo nos impulsa a poseer y acumular, ver los libros no como una propiedad, sino como un legado temporal, es el tema. Y esto se aplica seguramente a los libros de muchos lectores.
Cuidando el fuego
No somos dueños del fuego, sino quienes lo mantienen vivo por un tiempo. Nuestra tarea es crucial: seleccionar, leer, cuidar y dar vida a esas páginas. Somos el eslabón esencial que conecta el pasado (el autor, los lectores anteriores) con el futuro (quienes los leerán después de nosotros). Sin nuestra custodia, ese puente se rompería.
Diría que hemos encontrado la verdadera esencia de una biblioteca. No es un museo de propiedades, sino un taller de ideas en tránsito. Y nosotros, en el rol de custodios, somos una parte vital de ese ecosistema.
En efecto, los libros —especialmente los físicos, impresos— suelen sobrevivir a quienes los poseen, los leen, los subrayan, los guardan con cariño o incluso con descuido. No son meros objetos, sino portadores de sentido, memoria y tiempo.
Hay una resonancia estoica y budista en esa idea: los libros, como todo lo valioso, están prestados por el tiempo. Nos acompañan mientras vivimos, nos forman, nos consuelan, nos desafían… y luego siguen su camino —ya sea a manos de un familiar curioso, un estudiante azaroso en una librería de viejo, o una biblioteca pública.
José Luis Martínez, autor de La vida de los libros, nos dice que los libros nacen, viajan, envejecen, se pierden, se rescatan, se olvidan, se reencuentran. Martínez observa su vida más allá del texto, en su materialidad, su circulación y su significado afectivo y cultural.
Leer siempre fue, para mí, un acto de hospitalidad interior. Cada libro que entra en mi casa es un huésped que trae consigo el eco de otras voces, otros tiempos. Acogerlos es permitirles hablar; releerlo, invitarlo a quedarse un poco más. Pero nunca es mío - como no son míos ni el viento ni la luz del sol.
Uno es un lector transitorio, como lo serán quienes los tomarán después de mí. Entre las dos ausencias - la del autor, la del lector futuro- hay un breve intervalo: el mío. En él hago lo que puedo: leer con atención, cuidar el papel, respetar el silencio que el texto exige.
Su valor no está solo en su permanencia en mis estantes, sino en el cruce que hicimos: en cómo me cambiaron mientras los leía, en cómo me hicieron pensar, llorar, reír, callar. Ese encuentro ya ocurrió. Ya es irrevocable. Lo demás - si los donan, los venden, los queman, los salvan- es historia posterior.
Así que los custodio con la conciencia despierta de lo efímero.
La verdad es sencilla, y a veces incómoda: los libros nos sobreviven.
No son un objeto terminado cuando los cerramos, son una semilla dormida, esperando la humedad justa para germinar de nuevo.
Otro aspecto es importante. Los libros todavía no leídos, los que esperan.
Están ahí, aguardando no solo a ser abiertos, sino a ser necesitados. A veces, un libro no se lee porque no es su momento: ciertos libros solo pueden ser leídos cuando la vida nos los reclama.
Al igual que los libros ya leídos que sobrevivirán a nuestro paso por el mundo, los que aún aguardan también están bajo nuestro cuidado. Éstos agregan una capa de complejidad al asunto, no son solo objetos físicos ni meras posesiones; son, en cierto modo, potenciales no realizados, promesas suspendidas en el tiempo. Se convierten en una especie de archivo íntimo de intenciones, deseos, proyectos truncados o postergados… pero no olvidados.
Son los que aguardan en el umbral. El umbral es un lugar liminal, sagrado en muchas tradiciones: no es ni dentro ni fuera, sino la transición misma. Y eso es exactamente lo que viven estos libros: están a punto de entrar en nuestro mundo interior… pero respetan el ritmo de la vida.
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Cuando yo falte - como faltarán todos los que hoy escriben, editan, reseñan o simplemente hojean al azar una página en una librería-, el destino de estos volúmenes entrará en mano ajenas: en las de herederos que tal vez no entiendan su valor, en las de desconocidos que los hallarán en una caja olvidada, en una biblioteca pública que los adopte como hijos postizos o en una libreria como la mía. Ese destino será obra de azar, sí; pero también del cuidado que hoy deposito en cada ejemplar.
No escribo esto con melancolía, sino con gratitud.
Gratitud por haber sido, anque sea por un rato, el lugar donde estos libros descansaron, respiraron y siguieron vivos.